Niñ@s con TDAH pero… ¿qué pasa después?


Niñ@s con TDAH pero… ¿qué pasa después?

Catalogado hoy en día entre los trastornos del neurodesarrollo pocos son los estudios que nos dan información sobre la vida de estas personas en la edad adulta. ¿Qué pasa con ellos? ¿Cómo se desenvuelven? ¿Son capaces de desarrollar su vida de forma autónoma? La respuesta es tan incierta como heterogénea, uno porque pocos son los estudios que han abordado esta problemática, dos porque muchas de estas personas han llegado a la edad adulta sin diagnóstico pudiendo haber sido considerados en la infancia niños despistados, maleducados o perezosos, y tres, porque los síntomas de hiperactividad tienden a remitir con la edad, haciendo el trastorno menos visible.

El TDA-H crece y se desarrolla con la persona, es intrínseco a ella, a su forma de percibir el mundo, de focalizar la atención, de captar la información, sus manifestaciones cambian pero no desaparecen. Parte del éxito en la vida de una persona comienza en el autoconocimiento y se trata por tanto de uno de los objetivos fundamentales de la intervención. Autoconocimiento entendido como proceso que empezará en forma de lenguaje oral y que poco a poco se irá transformando en un discurso interno.

La función del terapeuta es dotar al niño de las estrategias necesarias para que este proceso sea posible hasta que el niño con TDA-H llegue a generar una forma de aprendizaje autónomo adaptado a sus propias necesidades. Sólo cuando el adulto con TDA-H dispone de estas herramientas es capaz de conocer sus limitaciones, sus potencialidades y lo que es más importante cómo puede utilizar o canalizar estas características inherentes al trastorno a su favor.

Con la intervención y las ayudas adecuadas los niños con TDA-H pueden convertirse en adultos infatigables de una gran vitalidad, que han sabido canalizar esa energía en distintas ocupaciones, inquietos intelectualmente pueden tener una gran creatividad, con un punto de vista alternativo y una manera diferente de percibir las cosas.

Pueden tomar decisiones arriesgadas pero acertadas, lo que los hace a veces buenos emprendedores y trabajadores tenaces, vestigios quizás, de la impulsividad y de la obstinación que los caracterizaba de niños y que permanecerá latente durante toda la vida. La intervención fomenta el autoconocimiento, la autonomía, y permite al niño que un día será adulto crear su propia forma de aprender, adaptándola a sus necesidades y a esa forma intransferible de percibir, asimilar y manejar la información.

Raquel Otero

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